domingo treinta

Vuelvo aquí, estoy.
Mi madre y yo desenrredábamos cadenas de plata
sentadas sobre la cama.
Como los zapatos muchas tallas más grandes
deseaba ponérmelas
peces azules encuentro ahora
compulsivamente colgados de cadenas.

Vuelvo aquí.
Huele a allí, lirios grandes, enormes
que el hombre al que no dejo pasar
corta para mí –ha cortado- cada treinta años.
Lirios enormes respiran en mi salón
se abren todo lo que yo necesito una voz.
Erguidos expresan por mí estos años de silencio
y parece que tú estás sin hablarme aquí conmigo
real o no, poblándome.
Arráncate de mí,
si de mí no viene el control
que se ordene lo preciso por quien disponga,
que de donde creo venga la fuerza.

Vuelvo aquí, siguen obrando las palabras en mí.
Una iniciativa perpetua tengo contigo
que vuelves a desaparecer del habla posible.
No quiero más esta diferencia, siempre excluida,
cuando ya es posible explotar mis frases.
Siguen pidiéndome aire, los lirios enormes
sin respetarme y abriendo absolutamente
sin ser voz , respiran y agotan
enormes, la tiranía de la casa.
Fantasías de hogar una noche cada treinta años.
Sola intentando con muchísimo cuidado
mantener esa adivinada consciencia
de cuando no gobernaba pero no dudaba.
No dudé nunca hasta el día del medio.
Acaba hoy, domingo treinta, este día.

Levanto apenas la vista y siguen abriéndose
de forma extrema esta tarde de lirios.

-Primer día después del final del día del medio-

Los lirios han muerto
y el ánimo ha vuelto.

La noche anterior al día domingo treinta,
cuando tres veces diez estaba volviendo,
golpeó el viento contra toda la ciudad, toda la noche.
Viento violento cansado de esperar el viaje detrás de mis hombros,
tanto tiempo mudo.
Suelto al fin, mi pelo volvió a arremolinarse en su sitio
y todo el camino desde mi cuello al final de mi cuerpo se poseyó.
Anunciada, su partida, al principio del final del día del medio lo sentí cumplirse
y dispuse. A mansalva, mía esta vez la mano, mi –cuerpoacompañado-
entregado a la que sería la última noche de ese largo día, el del miedo,
traspasó el límite- montaña por balcón- con todas las cortinas corridas
para despedirme. Lleno de sí él, llena de mí yo, vacío de mi él, vacía de él yo
arreció contra toda la ciudad toda la noche, enloquecido ensordeció el sueño,
golpeó todas las ventanas, las paredes y las puertas.
A mansalva, mía esta vez la mano, contuve la culpa;
cumplí y abandoné.

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